16 enero 2015

LA TORRE DE LA RIVA (II)

Andrés tenía un taller de forja que ya apenas utilizaba. Hoy en día el trabajo en caliente con el hierro tenía un precio prohibitivo, así que se dedicaba sobre todo a la carpintería metálica, aunque no desdeñaba cualquier encargo que necesitase de su habilidad innata. De su taller habían salido cosas tan variadas como ventanas metálicas, puertas rústicas de madera con refuerzos de hierro, piraguas de fibra de vidrio con remos de carbono, verjas, mesas de comedor, coches de caballos...
– Oye, Chicho –Milio preguntó después de echar un trago– ¿qué dijiste el otro día que tenías que hacer en Rasiles, buscar minas?
– Buscarlas, no, que ya sé dónde están. Tengo que señalarlas en un mapa y escribir un informe.
¿Que sabes dónde están las minas? –ahora era Andrés, incrédulo, el que intervenía–. Querrás decir que conoces unas cuantas, pero no puedes conocer todas.

– Pues puede que las conozca todas, no creas. Pero no se trata de saber dónde están todas las minas sino de conocer el tipo de minerales que hay en la comarca y calcular la riqueza en metal que tiene cada yacimiento. Con este estudio se puede determinar si hay metales que se podrían explotar en un futuro. Y, desde luego, estad seguros de que hay yacimientos en Rasiles que nunca se han explotado. A ver, ¿conocéis por aquí alguna mina de carbón?, ¿a que no? Pues hay carbón, lignito.
– Yo tampoco creo que las conozcas todas –insistió Milio–. Hay una que yo me sé en Elguera que es imposible...
¿En la ladera del monte o abajo en el valle? –le interrumpió Chicho, poniendo cara de cachondeo.
– En el valle –su interlocutor aclaró, esta vez con menos convicción.
– Hay una bocamina a la derecha del camino que va a la cueva, tapada por los bardales. ¿Es ésa la que dices?
Milio respondió encogiéndose de hombros, aunque estaba seguro de que habría alguna mina que Chicho desconociera. Era cuestión de informarse.
– Oye, Andrés –esta vez era el geólogo el que interrogaba–, al pasar en otro día hacia Villaparte me pareció ver gente trabajando en la iglesia. ¿Han comenzado de nuevo las obras?
– Qué va, llevan paradas más de dos años. Ahora están viniendo unos de Santander a hacer una zanja al lado de la iglesia pero creo que no tiene que ver nada con la reconstrucción.
Al reencontrarse Chicho con el pueblo después de tantos años y ver la iglesia de su infancia parcialmente destruída, una gran consterna­ción se había apoderado de él. Aquel edificio enorme formaba parte inseparable de su niñez y era, junto a los ríos y la cueva, el centro donde se aferraba su memoria. Y aún, de pequeño, cuando su comprensión no podía abarcar el valor artístico de las cosas, él ya sabía que el retablo de San Andrés era mejor que los de las iglesias de los pueblos próximos. Se había derrumbado la torre, arrastrando consigo el extremo oeste de la nave central. 


No quedaba nada de las campanas, del reloj... Sin embargo algo se había hecho: un muro exterior se había vuelto a levantar, la iglesia se había cerrado con un tabique provisional y el tejado se había reparado. Aunque sin torre, y a falta del trozo oeste, la construcción estaba, al menos, segura, libre de goteras y, mejor aún, libre de intrusos que durante algún tiempo entraron con total impunidad en su interior.
– Quizá algún día –sentenció Chicho– tengamos más sensibilidad para las obras de arte, para los edificios históricos y nos preocupemos de conservarlos. Quizá pase como con la conservación de la naturaleza que, ahora, por lo menos, se habla de ella. Pero por el momento empleamos el dinero en otras cosas: cohetes para las fiestas, losas de hormigón para los polideportivos, bellos palacios para fantasmales parlamentos autóctonos...
– Autónomos –corrigió Milio, que leía el periódico todos los días en la taberna.
– Pues eso, autónomos.
– Tampoco está tan descuidado el tema de la conservación –Andrés, que había sido concejal, replicó–, que el Ayuntamiento ha dado dinero para la iglesia y en Rasiles la gente está ahora arreglando mucho las casas.
– Sí, y tú seguro que les instalas la carpintería de aluminio donde antes había balconadas. ¿O no?
– Es que es mucho mejor, es una carpintería para toda la vida. La de madera necesita que se le pinte con frecuencia, si no, en este clima...
– Pero de esa forma se cambia el aspecto de las casas, pierden la belleza y la sencillez que tenían. Ya apenas queda arquitectura de la región sin retocar.
– Bueno, a la gente lo que le importa es tener una casa cómoda y que no le dé problemas. Tampoco van a dejar el pueblo como hace cien años sólo para que vengan los turistas en Agosto a sacar fotos.
La conversación iba tomando forma, las ideas se iban perfilando y aquello se podía alargar. Después del tercer vino a palo seco, según costumbre local, Chicho pensó que convendría continuar en otro lugar, en otras condiciones.
   – A mí me va entrando flojera –dijo– y necesito comer algo. Os invito a una chuleta con patatas en Ampuero y allí continuamos la charla.
Andrés no podía, su mujer le estaba esperando. ¿No tienes teléfono? pues llámala, coño. 
   – Nada de ir a Ampuero, en mi casa nos comemos unos huevos con pimientos –propuso Milio–. ¿A que ya no te acuerdas a qué sabe un huevo frito casero? Que me dan reparos, que qué va a decir tu madre. Bueno, pero yo llevo el vino. 
   Un rato después los tres se encaminaron hacia la casa de Milio. Esperanza, su madre, seguía teniendo la energía y el carácter de siempre, gobernando su casa con firmeza pero mimando todavía a su hijo el soltero. Acogió a los invitados de Milio con cordialidad y los acomodó en la mesa de la cocina mientras se hacían los pimientos y los huevos. Andrés, que no se había quedado conforme con las dudas de Chicho en cuanto a cómo debía ser la conservación de las casas, abrió el fuego buscando más apoyos.
– Oye, Esperanza –comenzó–, explícale a Chicho por qué quitaste el balcón e hiciste una terraza acristalada.
– Es más práctico –la mujer se volvió hacia ellos– y no entra tanto frío en la casa. Antes había ganado en la cuadra y el calor de las vacas se notaba mucho aquí arriba. Ahora, con la calefacción, el dinero se escapa a chorros si las ventanas no cierran bien. Además el agua que entraba en el balcón acababa por pudrir las tablas del suelo...
– Y aunque se arreglen las casas –Milio observó, mientras llenaba de vino su vaso– siguen siendo las mismas, la mayoría son muy viejas. Yo creo que se han conservado bien.



– Qué va, –Chicho respondió con rapidez–, ¿no ves que es más fácil construir algo nuevo que reparar lo viejo?. No, las casas de Rasiles son modernas, como mucho la más vieja tendrá dos siglos. No tenéis más que ver cómo está formado el pueblo: una hilera de casas a todo lo largo de la carretera. Los pueblos antiguos tenían las casas agrupadas. Esto les permitía defenderse mejor de sus enemigos. 
– Entonces –terció Andrés–, tu quieres decir que Rasiles no tiene más de dos siglos, que no me lo creo, o que hace más tiempo el pueblo tendría otra forma y las casas estarían en otro sitio.
– Eso es, probablemente estarían todas agrupadas alrededor de la iglesia. Y como la iglesia también es moderna habría otra en otro lugar. O quizá la de hoy ha sido levantada sobre la que había antes. Esto ocurre con frecuencia, de esta forma se aprovechaban los cimientos y el material de la construcción vieja.
Esperanza presentó en la mesa una fuente de pimientos verdes que servían de base a media docena de huevos fritos. La conversación se detuvo mientras los tres hombres se repartían aquel manjar y daban las primeras arremetidas a las amarillas yemas, auxiliados cada uno con un trozo de pan. Sus recuerdos sensoriales le llegaron de golpe a Chicho.
– Hacía años que no probaba algo tan rico, Esperanza – exclamó después de comerse un pimiento mojado en el huevo–, ya se me había olvidado este sabor.
– Tienes que venir más por aquí –respondió la mujer sonriendo, halagada–, sabe Dios las porquerías que te has acostumbrado a comer.
– Me has convencido con esta cena –respondió Chicho con buen humor– y te prometo que a partir de ahora trataré de venir con más frecuencia.
– Sobre eso de la antigüedad de las casas –habló Milio con la boca llena–, hay una que tiene más de tres siglos y puede que más de cinco. Bueno, en realidad no es una casa, son dos paredones, pero a mí me parece que son muy viejos.
¿Cuál, lo de las Once Puertas? –preguntó Andrés.
– No, hombre, esos dos paredones medio tapados de maleza que están en La Riva, en el prado de Fonso, al lado de la carretera.
¿Lo que está enfrente de la casa de Roberto? –quiso saber Chicho.
– Sí, eso. Esas ruinas tienen que tener un montón de años, no he conocido a nadie que sepa lo que eran.
– Yo siempre creí que eran las ruinas de un torreón –Chicho recordó–. Hace muchos años se notaba que tenía una especie de foso alrededor, me figuro que ahí sigue si alguien no ha metido una máquina para allanar el terreno.


– No, ahí sigue el foso como antes. Y tú, ¿cuántos años crees que tendrán esas piedras?
– Vete a saber, Milio, seguro que son anteriores a la iglesia, Y mira, sobre lo que hablábamos antes, a lo mejor la piedra que falta fue utilizada para construirla.
Andrés dejó de rebañar del plato las últimas partículas de yema y aceite y se quedó pensativo, como tratando de buscar algo en su memoria.
– Ahora que habláis de esto, ¿sabéis que al apilar las piedras que se cayeron de la torre se han encontrado algunas que tienen marcas o símbolos? Están guardadas dentro de la iglesia, a ver si alguien sabe lo que son.
Chicho se interesó. Ya se sabe, a un geólogo le interesan las piedras.
– Pero ¿son marcas hechas a mano o son señales naturales de la piedra? –quiso saber.
– Yo creo que son marcas hechas a mano. Hay unas que parecen la raspa de un pez, otras son un círculo, son de varios tipos.
– Eso es muy interesante, Andrés, me gustaría verlas. ¿Por qué no me las enseñas un día de de estos?
– El martes voy a estar toda la tarde aquí, así que te pasas por el taller y nos vamos a verlas. También quiero que veas unas arcillas de colores que han salido en una de las zanjas que han hecho los de Santander. Tú te acuerdas de que detrás de la iglesia íbamos, de chavales, a buscar arcilla, de esa blanca, para jugar, ¿no? Pues ésta está muy cerca, pero entre lo blanco se ven vetas de colores.
Chicho se dejó llevar unos momentos por sus recuerdos. En su época los niños jugaban con lo poco que tenían, es decir, con nada y con todo. Sus mentes estaban despiertas, lo imitaban todo, inventaban juegos. Y se jugaba en grupo, no en juegos informáticos y solitarios como hoy. La arcilla servía para muchas cosas, por ejemplo, para hacer bonitas cámaras fotográficas, con su objetivo, su visor y todo, que se dejaban secar al sol y fuera del alcance de otros niños. Don Mariano, el maestro, había hecho con ella una extraordinaria colección de poliedros. Servía para plantar derechos los bolos. Pero también servía para hacer “tapuleros”, algo parecido al fondo de una vasija antes de pasar por el horno que, cuando se les lanzaba sobre una losa plana con la boca mirando hacia abajo, explotaban por la presión del aire atrapado en su interior. Era una operación delicada, con gran riesgo de mancharse los pantalones y de las represalias consiguientes. El tapulero que hacía más ruido, ganaba. 
La cena, junto con las dos botellas de Paternina que Chicho había conseguido en la taberna, llegó a su final. No, ya no era cuestión de tomar la copa en Ampuero, todos, incluso Milio, tenían trabajo por la mañana. De vuelta al hotel, cara al sur, la transparencia de la noche, despejada y sin luna, permitía ver con claridad la constelación del Cisne allí en lo alto, con la estrella Vega a su derecha. Ojala –pensó Chicho– no cambie el tiempo mañana. El trabajo de campo que le esperaba le sería mucho más fácil.

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