08 agosto 2014

De Roncesvalles a Santiago

De Roncesvalles a Santiago,
siguiendo (en coche) 
la Via Lactea




    No soy andarín. Y hace quince años, menos.
    Pero me atraía la magia que parece irradiar el Camino de Santiago. Así que ¿qué podía hacer? El coche me pareció una buena opción pero, claro, no era cuestión de recorrer la ruta milenaria en dos o tres días...
    Pensé que se podría dividir esta en tres etapas de tres días cada una y espaciadas de mes en mes, de forma que pudiéramos tener tiempo para visitar los puntos importantes del Camino, para asimilar lo que habíamos visto y para preparar las siguientes etapas.
    Ada habría preferido hacer el Camino a pie, que es lo tradicional, pero ante mi falta de entusiasmo aceptó este sucedáneo motorizado cuya reseña hoy os ofrezco.
    Espero que su lectura os sea leve.


Marzo 1999

1. Roncesvalles - Pamplona


    Apenas una docena de edificios al pie del monte. La arquitectura es extraña, recuerda el estilo de la vertiente francesa de los Pirineos, piedra y pizarra en los tejados de gran pendiente. La mañana es fría, no se ve a nadie.
Aparcamos en el interior del recinto de la colegiata y nos dirigimos a la  basílica de Nuestra Señora de Roncesvalles. 



Su interior, de un sobrio gótico, encierra la imagen de la Virgen. La iglesia parece también vacía, pero se oyen voces. Un momento después suena una nota larga de órgano. Nuevas voces, otra nota larga: parece que lo están afinando.
En el exterior seguimos sin ver a nadie. Enfrente de la colegiata está la alberguería de peregrinos. No nos atrevemos a entrar ya que nos parece que no es un lugar pensado para los que viajamos en coche, así que pasamos de largo para dirigirnos a la oficina de turismo y aprovechamos para recoger información sobre hoteles de Pamplona. 


Al otro extremo de la plaza se encuentra la tumba de Roldán, edificio sencillo, con un núcleo central rodeado por un porche cuadrangular enlosado y separado del exterior por fuertes verjas de hierro. La historia se confunde aquí con la leyenda.
Estamos en el arranque de la carretera hacia Pamplona, que desde aquí desciende suavemente. La oportunidad es única, así que iniciamos el Camino a pie hasta el crucero situado en la primera curva. Sin embargo no es éste nuestro plan, el coche está en la colegiata y hay mucho que recorrer. Desde el crucero regresamos para comer en la Hospedería y reservar hotel para la noche.


El camino hacia Pamplona discurre entre pinares y hayedos. De vez en cuando aparecen algunos pueblos: Burguete, Espinal, Viscarret, Erro... No hay mucho tráfico en este lunes del mes de Marzo, los pueblos y las tierras parecen vacíos.
Hacia las seis de la tarde llegamos a Pamplona y localizamos el Hotel Leyre. Más tarde nos dirigimos, guía en mano, hacia el centro de la ciudad. Lástima que parte de él se halle en obras, aunque esto va a ser común en el resto del camino. 
La catedral es un excelente edificio gótico, oculto por una anodina fachada neoclásica. De no saber lo que había tras ella habríamos pasado de largo.



Seguimos vagabundeando por la ciudad y damos con otra joya: la iglesia-fortaleza de San Cernín o San Saturnino, obra de finales del siglo XIII. Nosotros, que somos leídos y hemos vivido en Toulouse, la de la impresionante iglesia románica de Saint Sernin, nos barruntamos una verdad. 



A un cura, de los de sotana, al que saludamos, le pregunto:
-¿San Cernín será el mismo que el San Sernín de Toulouse?
- Claro que sí: San Cernín fue obispo de Toulouse hacia el año 250 y murió allí, arrastrado por un toro. Pero antes estuvo predicando el cristianismo por Hispania y, concretamente, en Pamplona. Aquí convirtió y bautizó a muchos paganos y, entre ellos, al que luego llegaría a ser San Fermín.
No conseguimos cenar bien: o los restaurantes eran excesivamente caros y fuera de contexto (mucho foie) o se trataba de picherías. No hubo forma de encontrar lo que nos figurábamos que debería ser de allí (¿menestra, ajoarriero?). Al final cenamos unas cazuelicas en un bar.



2. Pamplona - Nájera

Nos levantamos pronto al otro día -demasiado pronto, ay-, porque queríamos visitar el claustro de la catedral antes de seguir camino. Como hasta las diez y media no lo abrían al público, aprovechamos para recorrer el centro de Pamplona con tranquilidad y a la luz del día. Tantas vueltas dimos, tantas veces pasamos por la Plaza del Castillo, la calle de la Estafeta y la plaza del Ayuntamiento (en obras) que, claro, acabamos por oír a alguien gritar:
- ¡Adaaa!
Ya está -pensé-, hemos dado lugar a que nos descubran. Y así era. José Miguel, el primo de Ada, nos llamaba. Le contamos que estábamos siguiendo el Camino de Santiago, que estábamos esperando a que abrieran el claustro de la catedral y que luego seguiríamos ruta.
- ¿Y tú -pregunté a mi vez-, que haces a las diez y pico de la mañana, aquí, sin trabajar?
- José Miguel dudó un instante, pero acabó por confesar: “Es que soy delegado sindical y estoy liberado. Estamos negociando el convenio”. 
Bien, todo se explica.
Los que por la gracia divina han sido liberados de trabajar, negocian convenios con las empresas para que los que no tienen más remedio, trabajen por ellos. Amén.



A las diez y media en punto compramos nuestras entradas y nos internamos en este extraordinario claustro gótico, considerado como el mejor de Europa en su género. Pamplona no nos ha defraudado.

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