15 agosto 2014

De Roncesvalles a Santiago (II)

Salimos de Pamplona hacia Puente la Reina y aparcamos el coche en el exterior de la villa vieja. En esta confluyen los caminos que vienen de Roncesvalles y los que bajan desde Somport, así que se puede decir que es la primera ciudad del camino francés en España. 



Desgraciadamente, a pesar de que han pasado mil años desde que fue fundada por Sancho el Mayor de Navarra, no parece que esté aún terminada ya que toda ella está en obras y las calles principales, levantadas.
Para visitar la iglesia del Crucifijo, a la entrada del pueblo, fue necesario dar un par de vueltas alrededor de una excavadora enorme instalada sabiamente frente a la puerta y evaluar el mejor punto de acceso al templo. Una vez hecho esto, y a riesgo de nuestros huesos, dimos sendos atléticos saltos sobre la zanja que impedía el paso y accedimos al interior.


Es una sencilla construcción de origen templario que alberga una curiosa talla de un cristo crucificado en una cruz en forma de Y.
Esquivando otras trampas perfectamente dispuestas seguimos por la calle Mayor para visitar la iglesia de Santiago, del siglo XII, donde se puede ver un arco lobulado, que será frecuente en las construcciones del Camino.



Había que atravesar el puente sobre el Arga, puente que da nombre a la ciudad y quizá el más importante del Camino, pero llegó un momento en que fue imposible pasar. Otra excavadora monstruosa cerraba por completo la calle y el acceso al puente. 




Bueno, dimos un rodeo por las calles contiguas y logramos nuestro propósito. Insatisfechos, pensando en lo inoportuno de las obras, precisamente en el último año jubilar del milenio, abandonamos, casi con alivio por seguir ilesos, la ciudad.
El paisaje es ondulado y vacío de pueblos. No se ve actividad en los campos.



Hacia la una de la tarde llegamos a Estella, corte de los reyes de Navarra, fundada por el rey Sancho Ramírez en el siglo XII en el lugar ocupado por un villorrio de origen anterior. No sabía el pobre rey que acababa de cometer una felonía fundando la ciudad y, sobre todo, cambiándola de nombre. El error, afortunadamente, ha sido corregido por los nacionalistas. Ahora la ciudad ha vuelto a recuperar el nombre que le fue arrebatado al antiguo villorrio y se llama Lizarra. Ah, y al rey Sancho se le ha puesto en su sitio. 



    A pesar de todo esto Estella es uno de los grandes hitos del Camino, cantada por juglares y llena de monumentos. 
    Hicimos el recorrido de los antiguos peregrinos a lo largo de la calle de la Rúa, visitamos San Pedro de la Rúa y su claustro, del que sólo se conservan dos de sus lados, 


admiramos el palacio de los Reyes de Navarra y Ada se atrevió a trepar hasta la cima del monte donde se halla Nuestra Señora del Puy, pero yo empecé a reservar mis fuerzas para el resto de la jornada.



    Comimos sin gloria unas raciones en un bar y a las cuatro de la tarde abandonamos la villa. Como no teníamos reserva de hotel en Logroño, decidimos seguir la ruta y llegar pronto a la ciudad. 
    Me encantó aparcar en la Plaza del Espolón que, claro, me recordó mis años de Milicia Aérea y el paseo del mismo nombre en Burgos. 
    Pero, desgraciadamente, no tuvimos suerte en Logroño.



    Lo primero fue que a las cinco y pico de la tarde la Oficina de Turismo estaba cerrada, así que resultaba difícil localizar un hotel. Maldiciendo en arameo por aquella falta de interés, nos tomamos una caña en una cervecería donde nos dieron la pista de un hotelito que se encontraba en una callejuela a menos de doscientos metros. Sin embargo el hotel estaba completo, aunque la recepcionista, que Dios guarde, se empeñó en buscarnos alojamiento, aunque no en Logroño, que con una convención del vino y la vid que se celebraba aquellos días estaba a tope. Nos propuso el Hotel San Fernando, en Nájera, a lo que accedimos encantados.



    Comenzamos a caminar por los aledaños del Espolón, pero yo estaba cojeando lastimosamente por culpa de un callo en la planta del pie izquierdo. Decidí acudir a las grandes soluciones, así que entré en la farmacia que, invitadora, se hallaba al otro lado de la calle. La dependienta me entregó, obediente, lo que yo le había pedido: unas almohadillitas con un agujero en el centro para acoger amorosamente el callo.
    Ya las iba a pagar cuando intervino la boticaria y me aconsejó unos parches de silicona que parece que hidrataban el callo y eran excelentes. Además, valían el doble. Ante mis dudas, esgrimió un argumento incontestable: “Se vende mucho a los que llegan por el Camino de Santiago”.
    Aquello me halagó, me pareció un ascenso al grado de peregrino, así que, con mis carísimos parches de silicona en el bolsillo, el próximo paso fue entrar en la zapatería de enfrente y comprarme unas botas bien cómodas. Yo ya estaba algo cabreado con la ciudad, así que nos pusimos de nuevo en marcha en dirección Nájera y Burgos (N-120). Pero tampoco esto fue fácil pues siempre había algo que nos impedía coger la buena dirección. 


Después de dar inútilmente bastantes vueltas se puso a nuestra altura, mientras esperábamos en un semáforo en rojo, una pareja de guardias urbanos motorizados.
    -Veo que el alcalde, le dije al más próximo, ha descubierto la forma de que los turistas hagamos el mayor gasto posible en Logroño. 
    -¿Por qué lo dice? inquirió el motorista.



    -Pues verá, parece que tiene un truco que consiste en dejar entrar a la gente a la ciudad pero sin dejarla salir. De esta forma pensará que los turistas no tendremos otro remedio que quedarnos a cenar o a dormir aquí. Fíjese, llevamos media hora intentando salir hacia Burgos, pero no hay forma.
    Al urbano no pareció gustarle mi afirmación y, con gesto seco, nos dijo que les siguiéramos. 



    Pero nada, tampoco ellos daban con la salida, siempre había una valla de desvío por obras.
    No recuerdo cómo, pero al final me encontré en la buena dirección y, media hora después, entrábamos en Nájera y nos acomodábamos en el hotel.
Después de una hora de reposo, de aplicarme aquel extraño parche sobre el callo -a éste le acompañaba ya una ampolla- y de calzarme mis botas nuevas, salimos a conocer la villa, teniendo yo la satisfacción de no notar ya nunca más mis dolencias pediculares. Dios bendiga a la boticaria de Logroño.



    Nájera es una ciudad encantada, llena de rincones, con flechas amarillas que guían a los peregrinos a través de ella, con antiguos soportales y arcadas que conmueven al pasar bajo ellos, con casas palaciegas en cada calle y, sobre todo, con la iglesia de Santa María la Real. 



     Aquella tarde-noche nos contentamos con pasear la ciudad, charlar con la encargada de la alberguería de peregrinos, tomar unos vinos y una ración de jamón en un bar, mostrar a Ada el Bar La Amistad, lugar donde perdimos a Alberto en nuestra salida enológica y, por fin, cenar como Dios manda en el restaurante del hotel. 
   Y en este encontré lo que venía hace dos días buscando: una excelente menestra y un notable bacalao al ajo arriero pero, claro, aquello ya no era Navarra sino La Rioja. Ada se decidió por la sopa del peregrino y unos huevos con jamón.

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