14 marzo 2014

HIDALGUÍA E HIDALGOS DE BRAGUETA (y III)


Una expresión que se utilizaba frecuentemente y que era motivo de sonrisas era la de “hidalgo de bragueta”. El procedimiento para llegar a serlo no podía ser más simple, aunque fatigoso (y no me olvido de aquellas sufridas esposas): consistía en demostrar ante las Reales Chancillerías, encargadas de solventar los pleitos de nobleza y probanza de limpieza de sangre, que se habían tenido como hijos a siete varones seguidos naturalmente, en legítimo matrimonio. 
Los que se engendraban fuera de tan sagrado vínculo no se tenían en cuenta. 
Un hombre podía tener no un hijo, sino veinte con otra mujer que no fuera su esposa y para nada le valía si lo que pretendía era alcanzar la condición de hidalgo. 
Ahora bien, si podía demostrar palpablemente y sin la menor duda que su mujer legítima había parido siete hijos varones y él era el padre, con eso bastaba para que se le extendiera la oportuna documentación que lo acreditaba como hidalgo. 


Y no importaba que el solicitante fuera humildísimo, que no tuviera ni un maravedí, que fuera pobre de solemnidad y aún mendigo o que fuera un total analfabeto. Sus siete hijos varones lo convertían en hidalgo y con ello, naturalmente, se le terminaban apuros y agobios para el pago de los onerosos tributos al Tesoro.
Esto explica que en la España del Siglo XVIII, con nueve millones escasos de habitantes existieran nada menos que quinientos mil hidalgos. O sea que aquel que no lo fuera, a nadie podía culpar de no serlo.
Bastaba con la procreación y tener a su esposa, en los mejores años de su vida, en un embarazo casi perpetuo. Siete hijos y a otra cosa. Pero ¡ojo! tenían que ser varones, las hembras no contaban. 
Desde un punto de vista moderno, este hecho se puede enjuiciar como un premio a la natalidad. Algo semejante a los beneficios de que gozan las familias numerosas de nuestros días.
Aquel que quería ser hidalgo lo único que tenía que hacer era "empreñar" (usando la terminología de la época) a su mujer siete veces y rogarle al Santo de su devoción que en las siete ocasiones los hijos venidos al mundo fueran varones . Y si estos no era seguidos, y por medio se metía una hembra, la alegría podría traducirse en llanto y crujir de dientes.
Quizás de ahí viene aquel refrán de "mala noche y encima parir hija".


Como es natural, la nobleza de sangre nunca estuvo muy de acuerdo con este tipo de concesión de hidalguía. Que el noble cuya dignidad le venía por los méritos de armas realizados por sus antepasados y presumiera de su limpieza de sangre se cruzara en la calle de su pueblo con un porquerizo llevando una piara de cerdos que, por haber tenido siete hijos seguidos poseía la misma dignidad que él, debía ser cosa harto dura de soportar para el primero. 
La nobleza entendía que para alcanzar la concesión de hidalguía debía llegarse por otros cauces y siempre mantuvo una postura de que, a pesar de cédulas de reconocimiento, en lo que a ella se refiriera, no reconocía a aquellos hidalgos procreadores.
Con el tiempo, el número de nobles llegó a ser excesivo, existiendo regiones, como Cantabria, donde proliferaron tanto que se llegó a decir que todos sus habitantes eran hidalgos (2).


La nobleza de sangre sostenía que esto era perjudicial para los intereses de la Corona, puesto que con tantos "hidalgos de bragueta" se reducían los ingresos del Tesoro Real, al estar exentos de los tributos. 
Más como nada podía hacer para impedir que determinado individuo "empreñara" a su mujer cuantas veces le viniera en gana y ella se dejara, lo que hizo fue poner a estos hidalgos cuantos impedimentos pudo con el fin de estorbar su acceso a las Ordenes Militares o a otras instituciones de elevado rango que debían reservarse exclusivamente a los hidalgos solariegos y de sangre.
Los "bragueteros" sostenían, por el contrario, que ellos eran tan hidalgos como los otros y de ahí los numerosos pleitos que, como ya dejamos indicado, se promovían en las distintas Chancillerías y Audiencias Reales. Los hidalgos de sangre, ya que no podían hacer otra cosa, ponían todo su empeño en enredar de tal modo el asunto que la decisión final de reconocimiento de hidalguía al "braguetero" tardara años y más años en solucionarse ya que mientras esto no ocurriera, el solicitante estaba obligado a seguir pagando los tributos.


Cuando después de largos años de costosos pleitos, prácticamente arruinado, al aspirante se le reconocía su condición de hidalgo, y aunque rabiara de hambre y no tuviera para dar de comer a los siete hijos engendrados para conseguir la ansiada dignidad, se mostraba de inmediato orgullosísimo de su estado social y ya no quería ejercer oficios que antes sí practicó, juzgando como una deshonra el trabajo, hasta que el rey Carlos II decretó que la hidalguía era perfectamente compatible con el ejercicio del comercio u otras actividades artesanas, que no degradaban ni menoscababan al hidalgo que las ejerciera.
A partir del siglo XVIII se fue acelerando el proceso de descomposición de una clase que ya no tenía sitio alguno en el nuevo contexto social y económico.
Los hidalgos desaparecieron definitivamente como grupo social en los primeros años del siglo XIX.


(2) No creo que sea justo asociar a los hidalgos montañeses con su capacidad reproductora. Me figuro que en Andalucía, por ejemplo, los hombres libres dispondrían igualmente de bragueta y de afición para servirse de ella y, sin embargo, la cantidad de hidalgos de esa región fue muchísimo menor.
Hay, por tanto, otras razones para explicar la proliferación de hidalgos en el norte:

A principios del siglo VIII se despoblaron los llanos de la alta meseta central, desde el Duero hasta la cordillera cantábrica y así permanecieron hasta que el rey Ordoño I ordenó en 850 su repoblación, a la que acudieron gallegos, astures, cántabros y vascones en busca de fortuna. También llegaron a la frontera mozárabes huyendo de la persecución que padecían en el sur.
El resultado fue que en las tierras así recuperadas y colonizadas surgió una numerosa masa de pequeños propietarios, es decir, de "hombres libres". Como aquella Castilla condal vivió sin grandes señores laicos y eclesiásticos que podrían haberlo estorbado, pudo presenciar el temprano nacimiento de una nueva clase social, la de los caballeros villanos que provenían de las masas de hombres libres.
(Ver entrada de 28 de febrero)



Manual de Urbanidad para niños
Barcelona 1913


13. ¿Cómo se servirá V. de los cubiertos para repartir?
14. ¿Qué defectos evitará V. en el decurso de la comida?

13. En cuanto al uso de los cubiertos para repartir, conviene no olvidar que en el cocido se separa en plato a parte la carne y aves, y después de trinchado se circulan con un te­nedor; 


lo mismo se hace en otro plato distinto con el tocino, jamón y embuchados; la ver­dura circula en una fuente con una cuchara. En los guisados se cortan pequeñas porciones en plato aparte, y de él se sirve a todos sin salsa, poniendo de ésta a los que gusten; lo mismo se hace con cualquier vianda que haya de cortarse en la mesa. Las aves pequeñas se sirven enteras y con cuchara; las embuchadas se cortan en lonjas delgadas; en las mayores se separan las piernas, las alas y la pechuga con una cuchara si se trata de las perdices, y con trinchante y cuchillo si se trata de las de­más. 


Los pescados pequeños fritos o asados se sirven enteros; los mayores se cortan con cu­chara. Las frutas tales como melocotones, pe­ras, naranjas, y otras que hayan de mondarse, pueden servirse con la mano. Las frutas secas y aun el dulce seco pueden tomarse con la mano, pero mejor es servirse para ello de la cuchara. Debo advertir, sin embargo, que nunca he de encargarme de repartir, a no ser que tenga seguridad de quedar airoso en mi cometido; pero jamás he de tomar el cargo de trinchar, si no soy muy práctico en ello. 


14. Durante la comida no debe levantarse la voz, ni traer a conversación cosas que aun de lejos puedan repugnar, ni contradecir a otros, ni hablar en secreto con el del lado. Es acción muy grosera meter el dedo en la boca para extinguir la incomodidad de las encías, o bien escarbar los dientes con las uñas, con el tenedor o con el cuchillo; si tuviere necesi
dad de ello, lo haré con un palillo o monda­dientes. El enjuagarse con ruido, aunque sea tapándose la boca, es, además de molesto, re­pugnante.

No hay comentarios:

Publicar un comentario