30 abril 2026

Viaje a Florencia (y VII)

 

Martes 9 de mayo

 

Al comprar (hace dos días) las entradas a la Galleria dell'Accademia para hoy a las diez de la mañana, no nos dimos cuenta de que este día iba a ser nuestro último en Florencia y que, por tanto, a partir del mediodía no podríamos disponer de habitación y nuestra salida al aeropuerto no sería hasta las siete de la tarde. Nos esperaba un día muuy laaargo…



    Como en otras visitas a exposiciones y monumentos que hemos hecho en Florencia, la cola para entrar en La Accademia era enorme, y nadie que no estuviera informado previamente podría explicarse por qué una muchedumbre tal rodeaba un edificio feo, desaseado y anodino. Los tesoros artísticos que esperábamos ver, bien se merecían un domicilio mucho más acorde con su valor.

    A las diez mostramos nuestras entradas a un empleado, que intentaba poner un poco de orden en la avalancha de visitantes, y nos indicó otra cola más pequeña y, en seguida, nos hicieron pasar al interior. Los grupos iban entrando cada 15 minutos.
Por supuesto, lo más llamativo es la gran sala del David, donde te peleas con los japoneses para poder admirar a gusto la escultura. Todos sacaban fotos, menos yo, que pensé que las de internet tendrían más calidad que las mías.


Como formando guardia al David, y a ambos lados del pasillo de acceso, se encuentran las esculturas inacabadas, también de Miguel Ángel, que  representan a unos esclavos. Estas  esculturas iban a formar parte del sepulcro del Papa Julio II pero el contrato fue cancelado antes de que fueran terminadas.

Los esclavos son absolutamente extraordinarios aunque las fotos no les hacen justicia. Retorciéndose, saliendo literalmente de la piedra... Es de las cosas más impresionantes de la historia del arte que hemos visto nunca.
























    Y por fin el David con su honda, antes de vestirse para salir.

    De las pinturas del Renacimiento italiano hubo dos que destacamos entre las que figuran en la exposición: mi candidata es la Madonna con el Niño y San Juanito. La de Ada es la Madonna del Mare, ambas de Botticelli.

La que le gusta a Ada y, debajo, la que le gusta a Florencio.
















                            

Y muchas más pinturas de distintos  artistas del renacimiento italiano que poco a poco nos fueron  pareciendo repetitivas. 

    Muy interesantes las salas dedicadas a la música.



    Aparte los instrumentos curiosos que no han llegado a nuestros días, algunos verdaderamente sorprendentes, me interesaron otros que, a la inversa, eran antiguos pero parecían haber sido fabricados un par de años antes.

    Como este violoncello cuya foto adjunto.

De la Academia pasamos al Museo y Convento San Marco y, de forma milagrosa, logramos comprar las entradas y acceder ¡SIN COLAS! Se trata de un antiguo convento dominico (Santo Domingo, el de Caleruega, toma allá) que en el siglo XIV albergó a Fra Angélico. Hoy en día aún queda una zona conventual reservada a una comunidad de dominicos.






El museo expone obras de Fra Angelico, Domenico Ghirlandaio, Fra Paolino y otros. Las antiguas celdas monacales de la planta superior, que se despliegan a través de tres pasillos, están decoradas con un célebre ciclo de frescos representando escenas de La vida de Cristo de Fra Angélico y sus discípulos.



L'annunciazione


Fra Angelico, Adoración del Niño



Fra Angelico, Madonna en su trono con el Niño y Santos



Madonna col bambino, del Beato Angelico


A la salida del Convento de San Marco,  y colmados de arte pero faltos de energía, no fuimos capaces de ignorar el primer restaurante que se presentó a nuestros ojos y nos sentamos a comer en una terracita de la Via Cavour.



    Ada eligió Ribollita (especie de minestrone típica de la Toscana, que para eso estamos en su capital)



y yo, más clásico, preferí Spaghetti all’a arrabiata. 
Con birras, 41,50€ en total.

Como este último día iba a ser largo, regresamos al hotel a descansar un rato, sentados en el vestíbulo. Más tarde salimos otra vez, cerquita, a tomarnos un helado sentados en una terraza y a esperar a que fuera la hora de salir para el aeropuerto.


Un coche nos recogió, como convenido, y su chófer, un jovencillo de veintipocos años, nos llevó hasta el aeropuerto sin dejar de charlar un momento.



    Y esto es todo, amigos.


FIN













No hay comentarios:

Publicar un comentario