Domingo, 7 de mayo
Pues bien,
Iovanni nos dio otro mando, en esta ocasión, nuevecito y no sujeto con cinta adhesiva
como el otro. Le pedí a Ada que me esperara un par de minutos en Recepción y
salí hasta la calle. Esta vez iba a verificar que era capaz de entrar.
El mando
funcionó y soltó el pestillo de la puerta de entrada con ruido potente y
tranquilizador. Volvió a funcionar con estruendo en la puerta interior que daba
a la escalera y ascensor y, finalmente, abrió con alegría la puerta de la
residenza.
Ya tranquilos, salimos
del hotel con tiempo para ir a la misa de las diez y media en la catedral.
De camino nos
llamó la atención la cola de gente esperando para entrar en Hermes, cola
formada sobre todo por asiáticos y árabes. Florencia es famosa por sus colas
pero, para entrar en Hermes… no me lo esperaba.
Como siempre, la Piazza del Duomo estaba abarrotada y, para colmo, en ella estaba la meta de una
carrera popular en plena actividad.
Rodeamos la
catedral intentando quedarnos con los detalles que no se pueden apreciar si no
se está cerca. Todas las fachadas están chapadas con mármol blanco y verde,
pero la puerta principal contiene todos los colores.
Siguiendo el
perímetro dimos con una puerta custodiada por dos guardias y que tenía un
cartel indicando que era sólo para el culto. Pasamos con decisión al interior, mientras la autoridad cerraba el paso a una pareja de japoneses y los dirigía hacia la
taquilla para turistas.
El interior de la catedral, salvo
sus enormes dimensiones, no nos impresionó tanto como su exterior. Eso sí, los
frescos de la bóveda de Brunelleschi nos gustaron mucho. Y la misa,
emocionante: cantada por un tenor y en latín. Amen.
Después de la misa nos
encaminamos hacia la basílica de Santa Croce, adonde entramos después de una
cola no muy larga para las entradas.
Son también notables los sepulcros y cenotafios de personajes ilustres tales como Miguel Angel, Dante, Maquiavelo, Galileo, Rossini…
Fresco de Giotto
Sepulcro
de Miguel Ángel
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